Mostrando entradas con la etiqueta Pantagruel y el Arjé. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pantagruel y el Arjé. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de abril de 2026

Una idea poética de arte (Pantagruel y el Arje)





 



        Demócrito fue quien empezó a concebir la idea del átomo antes de que siquiera pudiésemos verlo. Parece ser que, observando cómo el aire mecía las copas de los árboles, imaginó que debía de contener pequeñísimos elementos invisibles para el ojo humano, y que eran los que empujaban, incluso con fuerte virulencia, las ramas y las hojas. Lo importante aquí es que Demócrito imaginó, solo a través de la razón, algo que no podía ver. Quedémonos con esa idea de momento.


Los avances tecnológicos y la ciencia confirmaron aquellas conjeturas de Demócrito siglos después, pero, en esa insaciable sed de conocimiento, descubrimos además que el átomo está compuesto por electrones, neutrones y protones, y, siguiendo esa curiosidad incansable, llegamos a descubrir los quarks y otras partículas subatómicas.


        En la actualidad, la física teórica se encuentra un poco como Demócrito e, intentando comprender cómo casar las fuerzas gravitacionales con las fuerzas que operan en la física cuántica, ha imaginado y llegado a la conclusión, a través de la razón, como Demócrito, de que debe de haber algo que opera a niveles inferiores, por debajo de esas pequeñísimas partículas. Y, aunque no podamos verlo hoy, como Demócrito no podía ver los átomos de nitrógeno ni de oxígeno de aquel aire, debe de haber algo que haga que todo esto funcione de forma ordenada y conjunta. A esta teoría, los físicos la han bautizado como teoría de cuerdas.


Según la teoría de cuerdas, a nivel subatómico todo está compuesto por unas minúsculas cuerdas que vibran y que se van conjuntando según esas vibraciones. Cada vibración diferente genera partículas distintas, del mismo modo que la diferencia en la vibración (frecuencia) de la cuerda de un violín produce diferentes notas.

Así que, simplificando mucho, soy consciente.  podríamos llegar a la conclusión de que el universo infinito se ha ido creando mediante la suma de muchísimas vibraciones que operan en determinadas frecuencias.


Alejándonos ahora del terreno científico y acercándonos a lo poético o artístico, pienso en cómo ciertas canciones me hacen emocionar, y digo emocionar a niveles intensos, hasta erizarme el vello. Suelo pensar que quizás esto tenga que ver con esa teoría de cuerdas, y que las vibraciones (frecuencias) de esa canción entran en sintonía con las partículas de mi cuerpo, provocando la piel de gallina.


Esto me lleva al arte artístico de Ortega y a la predisposición y sensibilidad del espectador para percibir una obra en su plenitud. Recuerdo acudir a una charla en la galería Est_Art sobre coleccionismo; en la mesa redonda participaron dos mujeres coleccionistas y una artista, pero yo me quedé pensando en la forma en la que hablaba una de ellas -Charo Martínez- de sus obras, porque lo hacía con cariño, con respeto, casi con una mística veneración. Pensé: esta persona tiene una sensibilidad distinta, capaz de sincronizar en perfecta sintonía con las vibraciones (frecuencias) de sus obras.


El ser humano se ha desarrollado espiritual e intelectualmente a través del arte, la religión y la filosofía. El arte se convirtió en una de las herramientas más eficaces para compartir ideas. Decía Nietzsche, aproximadamente, que la intención de una obra de arte no era someter al público a su poder, sino educar e inspirar. Y creo que esa inspiración llega cuando ambos, obra y espectador, vibran en la misma frecuencia.


En ese interés particular por intentar comprender la idea de arte, suelo insistir en que debe ser la idea filosófica la que estructure la obra. Pero ¿es en verdad solo eso? ¿Qué hay de esas emociones que nos invaden irracionalmente ante una canción, una fotografía, un libro? Las emociones, como acto reflejo que nace en la parte más primitiva de nuestro cerebro ¿por qué se activan ante cosas así?


Quizás el arte sea algo mucho más complejo; como los átomos en su momento, o las cuerdas actualmente, aún no hemos llegado a imaginarlo del todo. Y quizás el arte no sea otra cosa que la capacidad de vibrar en la misma frecuencia que aquello que miramos.



Y todo esto no deja de ser pura poesía si, al final…


Solo somos una pequeña y efímera vibración en el universo, en búsqueda de algo que resuene con nosotros. 




                                                                                                                Giordano Raigada. Madrid 4.4.26


domingo, 1 de marzo de 2026

Patagruel, el arte contemporáneo y otros asuntos








     



    El otro día leía en un post de Instagram una pregunta que me pareció interesante: si se puede ser educador o profesor en la enseñanza del arte sin ser artista. La cuestión me llamó la atención porque una gran mayoría de “artistas fotógrafos”, disciplina en la que me muevo,  sobreviven precisamente gracias a esa labor divulgativa. Yo mismo imparto alguna clase de vez en cuando, aunque lo mío sea más un acto de filantropía que de supervivencia.


Si hemos llegado hasta aquí como sociedad ha sido, en gran medida, por ese afán de compartir, enseñar y ayudar a nuestros semejantes. Podríamos decir que la enseñanza forma parte casi de nuestro ADN. Basta darse una vuelta por YouTube para encontrarse con divulgadores de cualquier disciplina imaginable.


Ahora bien, ¿debería esto conformarnos?


De igual modo que enseñamos técnica, también opinamos, yo el primero, sobre qué es el ARTE. Y esta sí que es una gran pregunta. Personalmente creo que no es tan fácil de responder como a veces parece en redes. He leído infinidad de definiciones dadas desde múltiples disciplinas: artistas, comisarios, galeristas, críticos… pero ninguna me resulta lo suficientemente sólida como para sostenerse con fuerza fuera del ámbito en que fue formulada.


En ese intento personal por comprender qué es el arte, he llegado a la conclusión de lo complicado que resulta establecer una definición desde dentro. No podemos definir un bosque permaneciendo en uno de sus árboles. Desde dentro podemos hablar con precisión de las hojas, de las ramas, de los pájaros que lo habitan o del río que lo atraviesa. Podemos incluso describir con detalle la dirección del agua o la textura de sus piedras. Pero para acotar el bosque, para entender sus dimensiones, su forma, cómo se relaciona consigo mismo y con su entorno, esa mirada, al menos en mi opinión, necesita cierta distancia, y como se suele decir: el árbol no nos deja ver el bosque.


Creo que con el arte sucede algo parecido. Desde dentro podemos opinar, producir, justificar, teorizar. Pero si queremos intentar una definición ontológica, si queremos acercarnos a su esencia, quizá debamos situarnos en un plano ligeramente oblicuo. Y ese plano, inevitablemente, parece ser el de la filosofía.


Vaya por delante que no soy filósofo, y estas líneas no aspiran a sentar cátedra. Si llevamos más de 2.500 (Platón, 427 a. C.-347 a. C) hablando del asunto sin llegar a un acuerdo definitivo, no será precisamente por falta de ideas y pensadores que hemos ido acumulando a lo largo de la historia.


Quiero centrarme, eso sí, en el arte contemporáneo, que es el que me toca de cerca. Las excentricidades y excesos de algunos, pienso, por ejemplo, en Maurizio Cattelan o Piero Manzoni, sumados a un falta de conocimiento de teoría del arte por parte de muchos que opinan, generan una especie de bomba de relojería discursiva. Y eso nos aleja del debate que, en mi opinión, realmente debería ocuparnos, porque también es un error frecuente confundir arte y mercado del arte. Comparten personas, espacios y discursos, sí, pero no son lo mismo. Es como confundir la idea de política con la manera concreta de hacer política de ciertos políticos.


Para Arthur C. Danto el arte se define por su contextualidad y por la idea que lo sostiene; para George Dickie es arte aquello que la comunidad artística reconoce como tal. Pero entonces, ¿dónde quedan el ars y la téchne? ¿Existe realmente una quintaesencia del arte? ¿O debemos aceptar que su definición depende siempre de un marco histórico y sobre todo institucional?


No pretendo ofrecer una respuesta cerrada. Más bien, como en ciertas introducciones filosóficas, me interesa acercar al lector a la pregunta y, si es posible, incomodarlo un poco dentro de ella.


lunes, 20 de octubre de 2025

Pantagruel y el Hombre que quería poseer una piedra



El hombre que quería poseer una piedra


¿Con Israel o con Palestina?


En esta continua polarización de la opinión pública, parece darse por sentado que, si estás a favor de uno, debes estar en contra del otro, y viceversa. Este modo de pensar, sin matices, se ha extendido a casi todos los debates de nuestra sociedad: necesitamos enemigos para sentirnos del lado correcto de la historia.


Pero en ese afán de señalar quiénes son los buenos y quiénes los malos, a menudo olvidamos reflexionar sobre algo más profundo.


El universo tiene unos 13.500 millones de años. La Tierra, tal como la conocemos, cuenta con unos 4.500 millones.

Los hombres, esta frágil especie que escribe, recuerda y pelea, existimos desde hace apenas 200.000 años. Y cada uno de nosotros, en promedio, vive unos 80. Dicen los astrónomos que la Tierra seguirá siendo habitable, al menos, durante otros mil millones de años. Si esto es así, nuestro paso por ella no es más que una fútil, efímera y fugaz vibración, en mitad de este inmenso cosmos.


Por eso, resulta paradójico, y un tanto absurdo, presenciar guerras por un trozo de terreno como las que vivimos. Nos hemos olvidado de que no somos los dueños de nada: apenas somos transeúntes diminutos en una roca suspendida en el espacio.


Una vida efímera de ochenta años cree poder poseer un lugar, cuando las piedras que conforman ese territorio ya estaban aquí millones de años antes, y seguirán aquí millones de años después. Nuestra voluntad de tener nos condena a intentar poseer lo que, por su propia naturaleza, no puede ser poseído.


En la literatura oriental se cuenta la historia de un hombre que creía poseer una piedra solo porque la tenía en su mano. Un sabio lo corrigió:


—Nada puede ser poseído verdaderamente, le dijo, porque cuando creemos poseer algo, nos convertimos en sus esclavos.

domingo, 17 de agosto de 2025

Pantagruel y el arjé








Soy autónomo en España, eso significa tener menos vacaciones que el reloj de la puesta sol. Hablar de vacaciones es hablar de intentar desconectar siete días; uno, dos,  tres, cuatro, cinco, seis y ¡siete! Solamente siete, pero desconectar. 


Para mí es necesario desconectar en el sentido más amplio de la palabra. Desconectar de rutinas, horarios, pero sobre todo de la gente.


Cuando hablo de gente, lógicamente no me refiero a los nuestros, a los que tenemos a nuestro lado, me refiero a esa gente que ni nos va ni nos viene, de aquellos que sabes que compartes un territorio con ellos, pero que son ajenos por múltiples  circunstancias. 


Desconectar significa eso, cortar todo tipo de conexión que por cualquier motivo se pudiera establecer. 


Pues parece ser que no; que no es posible; que en este mundo predomina la gente cuya única meta en la vida es meterse en la vida de los demás para decirles cómo deben vivirla. 


Por un lado, están los cerdos sin género ni edad, tiran basura, escupen, mean y cagan como si la vía pública fuera su pocilga personal.


Pero los que agotan mi paciencia son esos individuos que creen que el mundo es suyo y que el resto debemos sincronizar nuestras vidas a su ritmo vital. Individuos que además se permiten y creen con derecho a amonestarte y corregirte, diciéndote lo que está bien o está mal, como máximos adalides de la ética y moral, con esto de verdad que no puedo. 


El pasado sábado en la mañana, en mis brevísimas vacaciones, a esas horas en las que solo salen los “runinngers” y los paseadores de perros, andaba yo en mi memento ZEN en un parquecito del lugar donde me encontraban paseando con mis perros. Vaya por delante que tengo tres perros y soy de aquellos que recoge las heces de sus perros en bolsitas de plástico y que sale con unas botellas de agua para limpiar sus orines. Pues como decía, me encontraba solo, plácidamente, desconectado del mundo en este lugar, cuando pasó una señora sexagenaria llamándome la atención por estar en este parque vacío, y con los perros sueltos, qué estaba prohibido y que si tal y que si cual “¿No ha visto el cartel que hay? Me increpó de malas maneras. Le expliqué que efectivamente no había visto el cartel y que desconocía que no pudiera estar en este parque vacío con mis perros a esas horas donde no había un alma excepto ella. No sé muy bien sí fue mi sumisión ante su regañina o insatisfacción ante mi excusa, pero a sexagenaria decidió subir un peldaño en el tono su amonestación, y le pedí amablemente que dejara de regañarme y de dirigirse a mí. Esto parece que le dio vuelos para llenarse de razón por lo que prosiguió con su amonestación.



Creo en la tolerancia y que debemos ser tolerantes, pero como en el paradigma de Karl Popper, no me puedo permitir ser tolerante con los intolerantes. 


Hannah Arendt explicó en La banalidad del mal que quien niega a otros un derecho pierde el suyo propio. Vale, lo suyo eran solo perros sueltos y no el Tercer Reich, pero ruego me entendáis, aunque la escala cambia, la lógica permanece.



Así que parafraseando al mítico Fernan Gómez la mandé directamente a la mierda, aconsejadla que  usar un bozal para caminar por el mundo, y así contribuir a un mundo más habitable.


¡Oye! Pues parece que mi consejo no le sentó bien porque empozó a rebuznar con mayor inquina.



A la mañana siguiente volví a pasar por ese parque y quise prestar atención en aquel cartel que no había visto, confirmando lo dicho por Kierkegaard. “La verdad es la subjetividad”.

















sábado, 26 de julio de 2025

Pantagruel "Nihil humani a me alineum puto"

 



   Sigo intentando comprender qué es el arte. En esta búsqueda, no deja de sorprenderme el gran número de pensadores que a lo largo de la historia ya han reflexionado sobre ello:


    "Surge, por tanto, la pregunta sobre cuál es, pues, el contenido del arte ... ... ... La tarea y el fin del arte consiste en representar ante nuestro sentido, nuestro sentimiento e inspiración todo lo que tiene que lugar en el espíritu humano  ... ... ... Su fin supone, por tanto, en despertar y avivar los sentimientos, inclinaciones y pasiones latentes de toda índole, colmar el corazón y dejar que los hombres cultos o incultos, sienta a través suyo todo lo que el ánimo humano puede albergar, experimentar y producir en lo más íntimo de sí mismo, todo lo que puede conmover y agitar el pecho humano en sus profundidades y múltiples posibilidades y aspectos, y entregarse para su goce al sentimiento y a la intuición de lo que en su pensamiento y en la idea tiene el espíritu que alcanzar de esencial y elevado, el esplendor de lo noble, eterno y verdadero; así mismo en hacer concebibles la desgracia y la miseria, el mal y el crimen, en dar a conocer íntimamente todo lo horrible y atroz, así como too placer y felicidad, y finalmente permitirle a la fantasía entregarse a los ociosos juegos de la imaginación así como abandonarse a la seductora magia de intuiciones y sentimientos sensualmente atrayentes. Por una parte, el arte debe captar esta omnilateral riqueza del contenido, a fin de completar la experiencia natural de nuestro ser-ahí exterior, y, por otra, suscitar en general aquellas pasiones, de tal modo que las experiencias de la vida no nos dejen impasibles y podamos ahora lograr la receptividad para todos los fenómenos."


                                                                                                            G.W.F. Hegel


    ¿No es una maravilla?







domingo, 4 de mayo de 2025

Pantagruel y el Arjé

 




    Recientemente, apareció la palabra “fuera” pintada en la puerta de una galería de arte. Me sorprendió que alguien pueda siquiera pensar que una galería deba irse de ningún lugar, especialmente cuando muchas de ellas se ubican en barrios modestos y humildes. Reflexionando sobre esto, llegué a la conclusión que solo desde el desconocimiento profundo del concepto arte y del papel fundamental que desempeña se puede sostener una idea semejante. Ante este tipo de consignas, queda claro que aún hay una enorme labor pedagógica por hacer.


     Seguramente muchos imaginan que una galería es simplemente un lugar donde se comercia con obras ajenas para satisfacer los caprichos extravagantes de opulentos clientes y tal vez, en ciertos casos, sea así; quizás las galerías más elitistas se acercan a ese estereotipo. Pero yo quiero hablar hoy de todas las otras: de las pequeñas galerías que no salen en televisión por pegar un plátano en la pared o por exponer globos inflados con el aliento del artista de turno. Hablo de aquellas que arriesgan cada día su credibilidad y sus dineros por algo en lo que creen, sin que eso signifique necesariamente obtener pingües beneficios. Quiero acordarme de aquellas que cada día tienen la necesidad y obligación de reinventarse para mantenerse en este mercado tan delicado y frágil. 


La realidad es menos pragmática, pero sin duda, mucho más interesante. En mi experiencia personal con ellas, he podido descubrir el enorme trabajo que realizan, un trabajo que en muchas ocasiones queda oculto al ojo más profano, eclipsado normalmente por la obra del artista. Detrás de cada exposición hay un gran trabajo, esfuerzo y dedicación, yo diría que casi en un puro acto de fe. Una devoción por el arte que en su menos veces se ve recompensada con una venta, porque sí, el galerista también necesita comer, pagar el alquiler, la luz y el agua… como cualquier hijo de vecino.


No debemos olvidar que tener una galería en el barrio es como tener la suerte de contar con un museo al lado de casa. Cuando alguien monta una panadería, intercambia panes por dinero, en ese intercambio se crea un equilibrio y a ese equilibrio lo llamamos mercado. Pero en una galería se intercambian ideas a través del arte, y en ese intercambio de ideas con las que todos nos enriquecemos, a ese enriquecimiento lo llamamos cultura.


Desde tiempos antiguos, el arte ha sido un elemento esencial y diferenciador de nuestra especie. El arte ha coadyuvado a transformar el mundo y también ha cambiado su forma de materializarse y su modo de exhibirse y exponerse a través del tiempo. En ese proceso, las galerías han jugado un papel clave: han contribuido a dar forma, sentido y difusión a la obra, porque el arte necesita encarnarse en algo, y las galerías son uno de los espacios donde eso sucede con mayor claridad. Tal vez por eso nosotros los artistas, deberíamos participar más activamente en esta labor didáctica.


        Hay que saber, aprender y enseñar que las galerías son parte de esa composición de la que nos habla Markus Gabriel en “el poder del arte” y por ende, la galería, como coartista de ese “arte artístico” del que nos habla Ortega y Gasset en su “deshumanización del arte”, como colaborador necesario para mostrar esos matices de aquel cristal en la ventana  frente al jardín del que nos habla Ortega.


Son estas pequeñas galerías las que funcionan como espacios vivos donde se crean nuevos discursos, fuera de los canales oficiales. Es cierto que toda galería selecciona, excluye o enmarca según su criterio o su línea estética. Pero precisamente por eso es necesaria una oferta diversa y abundante, porque es de ahí desde donde debe nacer nuestro espíritu crítico.


       Por todas estas cuestiones he decidido creer que al autor de este grafiti, en su prisa por terminar el grafiti  olvidó pintar la Z que sin duda trasmite una idea mucho más poética de este asunto en estos tiempos inciertos.