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El arte nació de la entraña popular: pintando en las paredes de una cueva, cantando canciones que contaban apologías de los dioses alrededor de un fuego o cociendo en ese mismo fuego alguna estatuilla de barro para celebrar una buena cosecha. Desde el principio, parece que el arte nos ha ido ayudando a dar forma y sentido para comprender el mundo.
No tardamos mucho en darnos cuenta de la fuerza que tenía el arte para transmitir ideas y, de algún modo, todas las civilizaciones han utilizado ese mismo lenguaje —el simbolismo a través del arte— para transmitir esas ideas de una forma bella y poética.
Así que domesticamos el arte y lo convertimos en cultura para utilizarlo como arma para domesticar pensamientos.
Actualmente vivimos bajo la apariencia de un altísimo grado de libertad, como nunca se ha vivido. ¿Pero es una libertad real?
De veinte años hacia aquí, la fotografía y el arte en general se han cargado de esa ideología institucional que llamamos cultura para imponer agendas temáticas.
Así que, si eres un fotógraf@ que no hace fotos sobre temas que se ajusten a esas agendas, lo normal es que no se te abra ninguna puerta en exposiciones, bienales, ferias, galerías, etc., de cierto renombre que puedan darte la oportunidad de que esa obra se visualice.
Para que hoy nos escuchen como fotógrafos y como artistas, tienes que tratar temas como el feminismo, el género, la racialización, el calentamiento global o los colectivos minoritarios o marginales; y si, además de tratar esos temas, perteneces a alguno de esos colectivos, miel sobre hojuelas.
Así que el arte ha dejado de ser algo que nace de esa entraña popular de forma espontánea para convertirse en esa arma ideológica que llamamos cultura, y que no es más que la imposición de tendencias dominantes institucionales que, en mi opinión, dejan fuera otras miradas.
En ARCO del año pasado (2025), el tema era la Amazonía, y no desde cualquier lugar: había que tratarlo visualizando la degradación o devastación que está sufriendo. Así que abordar este tema desde esta perspectiva aumentaba las posibilidades de participación si, de algún modo, se adaptaba la obra a esa idea curatorial. Y es aquí donde empezamos a secuestrar y poner límites a esa idea de arte ancestral, porque el arte, si algo es y debería ser, es diverso.
Ser diverso significa que el arte opera en todas las capas de la sociedad, de forma transversal y en todas las direcciones, nos guste más o menos, estemos de acuerdo o no con él.
Hoy en día, el fotógrafo o artista depende en gran medida de las subvenciones. Podemos mirar al cine, por ejemplo, si tenemos alguna duda sobre este tema, lo que implica que el artista debe adaptar su discurso a esas agendas temáticas si quiere entrar en ese grupillo de artistas fetén y pertenecer al sistema. Y esto, en mi opinión, hace que esa diversidad artística se diluya.
Con esto no quiero decir —y me parece muy loable— que haya artistas que traten esos temas, pero también deberíamos dar visibilidad a propuestas fuera de esas agendas porque, al no ser visualizadas, hacen que pensemos que no existen y se pierdan tan solo porque no se adaptan a esa ideología.
De esta manera, solo sobrevive una parte de la fotografía y el arte, obligando al ostracismo al resto.
Dice el filósofo José Antonio Marina que toda opinión tiene el derecho de ser escuchada, aunque no necesariamente respetada; la respetabilidad de cada opinión dependerá del contenido de la misma.
Yo creo que, al igual que las opiniones, toda fotografía u obra de arte tiene el derecho a ser visualizada; después, su respetabilidad se ganará o no dependiendo de su contenido. Pero anularla, invisibilizarla, no creo que sea un buen camino, porque eso es entrar en ese terreno que dependiendo de a quien afecte tanto nos escandaliza, porque invisibilizarla implica silenciar, secuestrar y condenar al ostracismo a una gran parte de todo ese arte ancestral.
Ahi os lo dejo esperando vuestros comentarios...