Si hemos llegado hasta aquí como sociedad ha sido, en gran medida, por ese afán de compartir, enseñar y ayudar a nuestros semejantes. Podríamos decir que la enseñanza forma parte casi de nuestro ADN. Basta darse una vuelta por YouTube para encontrarse con divulgadores de cualquier disciplina imaginable.
Ahora bien, ¿debería esto conformarnos?
De igual modo que enseñamos técnica, también opinamos, yo el primero, sobre qué es el ARTE. Y esta sí que es una gran pregunta. Personalmente creo que no es tan fácil de responder como a veces parece en redes. He leído infinidad de definiciones dadas desde múltiples disciplinas: artistas, comisarios, galeristas, críticos… pero ninguna me resulta lo suficientemente sólida como para sostenerse con fuerza fuera del ámbito en que fue formulada.
En ese intento personal por comprender qué es el arte, he llegado a la conclusión de lo complicado que resulta establecer una definición desde dentro. No podemos definir un bosque permaneciendo en uno de sus árboles. Desde dentro podemos hablar con precisión de las hojas, de las ramas, de los pájaros que lo habitan o del río que lo atraviesa. Podemos incluso describir con detalle la dirección del agua o la textura de sus piedras. Pero para acotar el bosque, para entender sus dimensiones, su forma, cómo se relaciona consigo mismo y con su entorno, esa mirada, al menos en mi opinión, necesita cierta distancia, y como se suele decir: el árbol no nos deja ver el bosque.
Creo que con el arte sucede algo parecido. Desde dentro podemos opinar, producir, justificar, teorizar. Pero si queremos intentar una definición ontológica, si queremos acercarnos a su esencia, quizá debamos situarnos en un plano ligeramente oblicuo. Y ese plano, inevitablemente, parece ser el de la filosofía.
Vaya por delante que no soy filósofo, y estas líneas no aspiran a sentar cátedra. Si llevamos más de 2.500 (Platón, 427 a. C.-347 a. C) hablando del asunto sin llegar a un acuerdo definitivo, no será precisamente por falta de ideas y pensadores que hemos ido acumulando a lo largo de la historia.
Quiero centrarme, eso sí, en el arte contemporáneo, que es el que me toca de cerca. Las excentricidades y excesos de algunos, pienso, por ejemplo, en Maurizio Cattelan o Piero Manzoni, sumados a un falta de conocimiento de teoría del arte por parte de muchos que opinan, generan una especie de bomba de relojería discursiva. Y eso nos aleja del debate que, en mi opinión, realmente debería ocuparnos, porque también es un error frecuente confundir arte y mercado del arte. Comparten personas, espacios y discursos, sí, pero no son lo mismo. Es como confundir la idea de política con la manera concreta de hacer política de ciertos políticos.
Para Arthur C. Danto el arte se define por su contextualidad y por la idea que lo sostiene; para George Dickie es arte aquello que la comunidad artística reconoce como tal. Pero entonces, ¿dónde quedan el ars y la téchne? ¿Existe realmente una quintaesencia del arte? ¿O debemos aceptar que su definición depende siempre de un marco histórico y sobre todo institucional?
No pretendo ofrecer una respuesta cerrada. Más bien, como en ciertas introducciones filosóficas, me interesa acercar al lector a la pregunta y, si es posible, incomodarlo un poco dentro de ella.
