domingo, 22 de febrero de 2026

La diferencia entre calcular y vivir (Sobre fotografía, inteligencia artificial y la experiencia como origen de la imagen)



      Brazo biónico sobre Plaza de Wenceslao. (IA)



    La diferencia entre calcular y vivir


    Sobre fotografía, inteligencia artificial y la experiencia como origen de la imagen



    El pasado día 13 de febrero se publicó esta noticia. 


https://elpais.com/cultura/cine/2026-02-13/la-asociacion-cinematografica-de-ee-uu-denuncia-a-la-empresa-de-ia-que-ha-creado-una-pelea-entre-tom-cruise-y-brad-pitt.html



¿Debemos considerar fotografía una imagen no ha existido realmente, ni total ni parcialmente?


En ese mismo sentido ¿podemos llamarnos fotógrafos por escribir un prompt, por muy bien y técnicamente que esté escrito?


Si obtenemos dos imágenes iguales, una por medio fotográfico y otro por IA ¿cómo justificamos cómo fotógrafos la diferencia? O ¿por qué a la fotografía deberíamos darle más valor? 


¿Cómo relacionamos, comparamos fotográficamente el acto de mirar y decidir nuestro encuadre y disparo en la escena frente al acto de elegir unos prompts?  


La fotografía siempre ha tenido ese componente de “realidad”, esto ha sido.  ¿Qué queda de la fotografía como testimonio?


Y la pregunta que nos preocupa a todos: ¿estamos ante el final de la fotografía?  


Personalmente, no me obsesionan las etiquetas. Ya he pasado por esto durante la irrupción de la fotografía digital frente la analógica. Con esto quiero decir que no tengo ningún problema en que, si a una imagen generada por IA se la quiere llamar fotografía, por mí ya va bien.


Por otro lado, entiendo que todo esto está en un estado embrionario y que, a falta de una bola de cristal, es complicado arriesgarse a dilucidar cuál será el devenir de todo esto.  


También opino que no veo probable que una elimine a la otra, porque aunque la palabra pueda ser la misma, los conceptos y las ideas que hay detrás son muy diferentes. Y es precisamente en esa diferencia ontológica donde reside la competencia y donde nace la dialéctica que definirá su coexistencia.


Puede que en algunos sectores, como el producto, la moda o la publicidad, donde el pragmatismo económico prevalece, se produzca un gran cisma, y la invasión de la IA sea, de hecho, ya ha empezado, prácticamente total.


En cualquier caso, entiendo que oponerse, resistirse o luchar contra ella es una batalla y un tiempo perdidos.


La IA, para muchos fotógrafos, va a suponer algo parecido a lo que Uber o Cabify supusieron para los taxistas.


Las cosas aparecen, las creamos, cuando tenemos una necesidad, y permanecen mientras esa necesidad exista. Y, al igual que los taxistas más inteligentes fueron aquellos que, para sobrevivir, se unieron al enemigo, a los fotógrafos probablemente no nos quedará otro remedio que hacer lo mismo.


Dicho esto, me gustaría defender lo que, en mi opinión, constituye la diferencia fundamental entre la fotografía y las imágenes generadas por IA. Y esa diferencia no está en la estética, ni siquiera en la capacidad de emocionar, sino en su origen.


Solemos decir que una buena fotografía es aquella capaz de transmitir una emoción, y esto tiene bastante sentido. Pero también es cierto que una buena imagen generada por IA puede transmitir una emoción.


Por eso, aquellas fotografías cuyo valor se limite únicamente a su impacto visual o emocional superficial serán, probablemente, las más vulnerables a ser sustituidas.


Porque la emoción, por sí sola, no es patrimonio exclusivo de la fotografía. Toda disciplina artística tiene un componente emocional e irremediablemente la IA, por mucho que nos neguemos, es YA!, ahora, otra forma de producción artística. 


Pero la fotografía no es solo emoción.


Como ya he defendido en muchas ocasiones la fotografía, como el arte, también es capaz de compartir EXPERIENCIAS. Es precisamente en este punto donde creo que la IA lo tiene más difícil.


Para compartir una experiencia, previamente debe haber sido vivida. Debe haber sido sentida, no solo como emoción, como experiencia estética en el sentido filosófico, donde el sentimiento no es solo emoción, sino emoción atravesada por la razón, por la conciencia y por la presencia.


“Experiencia” es una palabra que proviene del latín experientia, que significa prueba, ensayo, tentativa.


La experiencia no es algo pasivo. Es el conocimiento que obtenemos al probar el mundo, al atravesarlo, al vivirlo. Véanse, como ejemplo, los trabajos de Walker Evans o Cristina García Rodero.


Son fotografías donde el fotógrafo necesariamente debe estar allí. Debe experimentar, probar, vivir, para poder compartir.


Y si todo esto no fuera suficiente para diferenciar qué es o qué no es fotografía, además hay que añadir otra dimensión más: el instante decisivo. Y no me refiero solo al de Cartier-Bresson, sino al hecho de que el acto fotográfico es, en sí mismo, una toma constante de decisiones: estar o no estar, mirar o no mirar, encuadrar o no encuadrar, disparar o no disparar. Cada fotografía es la huella de esa cadena de decisiones tomadas en un momento y en un lugar concretos.


La IA puede generar imágenes visualmente indistinguibles de una fotografía. Pero no puede (estar) haber estado allí. No puede experimentar el mundo. No puede haber tomado decisiones desde la consciencia y la presencia.


Y esta es, para mí, la gran diferencia esencial.


La fotografía no es solo una imagen.


Es la consecuencia de una experiencia vivida y que convertimos en miradas.


Por todas estas razones, creo que la IA podrá generar imágenes extraordinarias, incluso indistinguibles de una fotografía, pero difícilmente podrá compartir aquello que constituye la esencia más profunda de la fotografía: su condición de experiencia vivida.


 

domingo, 28 de diciembre de 2025

La Fuerza de las Ideas y el Arte (Pantagruel y el Arjé)

 


    

        Hablar de personas “ajenas al arte” es algo incongruente  y daría para un largo razonamiento, que no es el que me ocupa hoy. Con este calificativo quiero referirme a aquellas personas que mostrando un nulo o escaso interés por esta dimensión esencialmente humana, se escandalizan o se animan a opinar y criticar sobre alguna obra de arte, cuando en ausencia de una complejidad o destreza técnica, banalizan con: “esto lo podría hacer un niño”, obviando los distintos niveles en los que tienen de acceso las obras de arte.


      No quiero ser exhaustivo y tampoco es el momento de argumentar las diferencias que separan al artesano del artista y a su obra de artesanía con la obra de arte, aunque sería fundamental para el fondo de esta cuestión. 


        Quiero hacer notar de forma previa, dos conceptos que habitualmente solemos confundir, “arte” y “mercado de arte”, que aun pudiendo parecer lo mismo cuando comparten personas, discursos y espacios, realmente no lo son. El primero sigue una lógica de expresión y pensamiento, y el segundo de intercambio, de oferta y demanda. 


        También puntualizar que hablo desde la IDEA de arte actual, presente, contemporáneo; sabiendo que el arte no es algo estático, esta IDEA ha ido, cambiando, evolucionado, transformándose a lo largo de la historia. 


    Nos hacía ver Ortega y Gasset que el arte, cuando es grande, no solo emociona, también se piensa. A lo largo de la historia todas las grandes civilizaciones han coincidido en utilizar los símbolos, imágenes y metáforas, como la forma más eficaz de trasmitir una IDEA, esto reafirma el planteamiento que existen formas mucho más eficaces que el “discurso literal” para trasmitir un concepto. El arte, en su forma más elevada, ha sido siempre un lenguaje privilegiado, atemporal y universal, para trasmitir esas IDEAS de forma bella y poética, de ahí nace su fuerza.







 



        Pongamos un símil para aclarar este asunto. Si yo soy del “atléti” encontrándome solo, en un bar remoto en cualquier rincón perdido del mundo y de repente viese entrar a alguien con una camiseta del atléti; no nos haría falta hablar, nos une algo intangible, pero muy poderoso, hay una conexión instantánea que va más allá de lo verbal, nos hermana la fuerza simbólica de esa camiseta, nos une la fuerza de la IDEA que representa. Esta es, en mi opinión, lo que representa la auténtica  IDEA de arte, un vínculo silencioso, pero muy profundo, nacido de una IDEA que compartimos. 




    Veamos por ejemplo estos dos botijos:








    ¿Qué los diferencia? ¿Por qué la diferencia en su valor económico? 



    El primero es un botijo común, una obra artesanal, fabricada para una utilidad específica. El segundo no es un botijo, es una obra de arte (arte aplicada) y se fabrica para representar una IDEA, como decía Ortega: “para ser pensado”. 


    El primero se compra para llenarlo de agua y beber de él cuando se requiera. El segundo se adquiere como elemento ornamental y/o decorativo, pero, y aquí reside el quid de la cuestión, sobre todo porque representa una IDEA que conecta con un lugar, una historia. Una persona lo instala es su casa no para beber de él, sino como manifiesto de esa IDEA que comparte y le representa. 


    La jerarquía, el interés, la categoría  del segundo botijo no está en su valor como objeto, en la calidad de su barro, o sus colores; su verdadero valor reside en la fuerza de su IDEA y su capacidad para trasmitirla y su capacidad de compartir esa experiencia. 


    Las IDEAS cuando son representadas de una forma bella y poética a través del arte, adquieren una fuerza capaz de traspasar fronteras y culturas y como decía la película “atravesar océanos de tiempo.”







Giordano Raigada. (Fotógrafo de las Ideas)





lunes, 20 de octubre de 2025

Pantagruel y el Hombre que quería poseer una piedra



El hombre que quería poseer una piedra


¿Con Israel o con Palestina?


En esta continua polarización de la opinión pública, parece darse por sentado que, si estás a favor de uno, debes estar en contra del otro, y viceversa. Este modo de pensar, sin matices, se ha extendido a casi todos los debates de nuestra sociedad: necesitamos enemigos para sentirnos del lado correcto de la historia.


Pero en ese afán de señalar quiénes son los buenos y quiénes los malos, a menudo olvidamos reflexionar sobre algo más profundo.


El universo tiene unos 13.500 millones de años. La Tierra, tal como la conocemos, cuenta con unos 4.500 millones.

Los hombres, esta frágil especie que escribe, recuerda y pelea, existimos desde hace apenas 200.000 años. Y cada uno de nosotros, en promedio, vive unos 80. Dicen los astrónomos que la Tierra seguirá siendo habitable, al menos, durante otros mil millones de años. Si esto es así, nuestro paso por ella no es más que una fútil, efímera y fugaz vibración, en mitad de este inmenso cosmos.


Por eso, resulta paradójico, y un tanto absurdo, presenciar guerras por un trozo de terreno como las que vivimos. Nos hemos olvidado de que no somos los dueños de nada: apenas somos transeúntes diminutos en una roca suspendida en el espacio.


Una vida efímera de ochenta años cree poder poseer un lugar, cuando las piedras que conforman ese territorio ya estaban aquí millones de años antes, y seguirán aquí millones de años después. Nuestra voluntad de tener nos condena a intentar poseer lo que, por su propia naturaleza, no puede ser poseído.


En la literatura oriental se cuenta la historia de un hombre que creía poseer una piedra solo porque la tenía en su mano. Un sabio lo corrigió:


—Nada puede ser poseído verdaderamente, le dijo, porque cuando creemos poseer algo, nos convertimos en sus esclavos.

domingo, 17 de agosto de 2025

Pantagruel y el arjé








Soy autónomo en España, eso significa tener menos vacaciones que el reloj de la puesta sol. Hablar de vacaciones es hablar de intentar desconectar siete días; uno, dos,  tres, cuatro, cinco, seis y ¡siete! Solamente siete, pero desconectar. 


Para mí es necesario desconectar en el sentido más amplio de la palabra. Desconectar de rutinas, horarios, pero sobre todo de la gente.


Cuando hablo de gente, lógicamente no me refiero a los nuestros, a los que tenemos a nuestro lado, me refiero a esa gente que ni nos va ni nos viene, de aquellos que sabes que compartes un territorio con ellos, pero que son ajenos por múltiples  circunstancias. 


Desconectar significa eso, cortar todo tipo de conexión que por cualquier motivo se pudiera establecer. 


Pues parece ser que no; que no es posible; que en este mundo predomina la gente cuya única meta en la vida es meterse en la vida de los demás para decirles cómo deben vivirla. 


Por un lado, están los cerdos sin género ni edad, tiran basura, escupen, mean y cagan como si la vía pública fuera su pocilga personal.


Pero los que agotan mi paciencia son esos individuos que creen que el mundo es suyo y que el resto debemos sincronizar nuestras vidas a su ritmo vital. Individuos que además se permiten y creen con derecho a amonestarte y corregirte, diciéndote lo que está bien o está mal, como máximos adalides de la ética y moral, con esto de verdad que no puedo. 


El pasado sábado en la mañana, en mis brevísimas vacaciones, a esas horas en las que solo salen los “runinngers” y los paseadores de perros, andaba yo en mi memento ZEN en un parquecito del lugar donde me encontraban paseando con mis perros. Vaya por delante que tengo tres perros y soy de aquellos que recoge las heces de sus perros en bolsitas de plástico y que sale con unas botellas de agua para limpiar sus orines. Pues como decía, me encontraba solo, plácidamente, desconectado del mundo en este lugar, cuando pasó una señora sexagenaria llamándome la atención por estar en este parque vacío, y con los perros sueltos, qué estaba prohibido y que si tal y que si cual “¿No ha visto el cartel que hay? Me increpó de malas maneras. Le expliqué que efectivamente no había visto el cartel y que desconocía que no pudiera estar en este parque vacío con mis perros a esas horas donde no había un alma excepto ella. No sé muy bien sí fue mi sumisión ante su regañina o insatisfacción ante mi excusa, pero a sexagenaria decidió subir un peldaño en el tono su amonestación, y le pedí amablemente que dejara de regañarme y de dirigirse a mí. Esto parece que le dio vuelos para llenarse de razón por lo que prosiguió con su amonestación.



Creo en la tolerancia y que debemos ser tolerantes, pero como en el paradigma de Karl Popper, no me puedo permitir ser tolerante con los intolerantes. 


Hannah Arendt explicó en La banalidad del mal que quien niega a otros un derecho pierde el suyo propio. Vale, lo suyo eran solo perros sueltos y no el Tercer Reich, pero ruego me entendáis, aunque la escala cambia, la lógica permanece.



Así que parafraseando al mítico Fernan Gómez la mandé directamente a la mierda, aconsejadla que  usar un bozal para caminar por el mundo, y así contribuir a un mundo más habitable.


¡Oye! Pues parece que mi consejo no le sentó bien porque empozó a rebuznar con mayor inquina.



A la mañana siguiente volví a pasar por ese parque y quise prestar atención en aquel cartel que no había visto, confirmando lo dicho por Kierkegaard. “La verdad es la subjetividad”.