Demócrito fue quien empezó a concebir la idea del átomo antes de que siquiera pudiésemos verlo. Parece ser que, observando cómo el aire mecía las copas de los árboles, imaginó que debía de contener pequeñísimos elementos invisibles para el ojo humano, y que eran los que empujaban, incluso con fuerte virulencia, las ramas y las hojas. Lo importante aquí es que Demócrito imaginó, solo a través de la razón, algo que no podía ver. Quedémonos con esa idea de momento.
Los avances tecnológicos y la ciencia confirmaron aquellas conjeturas de Demócrito siglos después, pero, en esa insaciable sed de conocimiento, descubrimos además que el átomo está compuesto por electrones, neutrones y protones, y, siguiendo esa curiosidad incansable, llegamos a descubrir los quarks y otras partículas subatómicas.
En la actualidad, la física teórica se encuentra un poco como Demócrito e, intentando comprender cómo casar las fuerzas gravitacionales con las fuerzas que operan en la física cuántica, ha imaginado y llegado a la conclusión, a través de la razón, como Demócrito, de que debe de haber algo que opera a niveles inferiores, por debajo de esas pequeñísimas partículas. Y, aunque no podamos verlo hoy, como Demócrito no podía ver los átomos de nitrógeno ni de oxígeno de aquel aire, debe de haber algo que haga que todo esto funcione de forma ordenada y conjunta. A esta teoría, los físicos la han bautizado como teoría de cuerdas.
Según la teoría de cuerdas, a nivel subatómico todo está compuesto por unas minúsculas cuerdas que vibran y que se van conjuntando según esas vibraciones. Cada vibración diferente genera partículas distintas, del mismo modo que la diferencia en la vibración (frecuencia) de la cuerda de un violín produce diferentes notas.
Así que, simplificando mucho, soy consciente. podríamos llegar a la conclusión de que el universo infinito se ha ido creando mediante la suma de muchísimas vibraciones que operan en determinadas frecuencias.
Alejándonos ahora del terreno científico y acercándonos a lo poético o artístico, pienso en cómo ciertas canciones me hacen emocionar, y digo emocionar a niveles intensos, hasta erizarme el vello. Suelo pensar que quizás esto tenga que ver con esa teoría de cuerdas, y que las vibraciones (frecuencias) de esa canción entran en sintonía con las partículas de mi cuerpo, provocando la piel de gallina.
Esto me lleva al arte artístico de Ortega y a la predisposición y sensibilidad del espectador para percibir una obra en su plenitud. Recuerdo acudir a una charla en la galería Est_Art sobre coleccionismo; en la mesa redonda participaron dos mujeres coleccionistas y una artista, pero yo me quedé pensando en la forma en la que hablaba una de ellas -Charo Martínez- de sus obras, porque lo hacía con cariño, con respeto, casi con una mística veneración. Pensé: esta persona tiene una sensibilidad distinta, capaz de sincronizar en perfecta sintonía con las vibraciones (frecuencias) de sus obras.
El ser humano se ha desarrollado espiritual e intelectualmente a través del arte, la religión y la filosofía. El arte se convirtió en una de las herramientas más eficaces para compartir ideas. Decía Nietzsche, aproximadamente, que la intención de una obra de arte no era someter al público a su poder, sino educar e inspirar. Y creo que esa inspiración llega cuando ambos, obra y espectador, vibran en la misma frecuencia.
En ese interés particular por intentar comprender la idea de arte, suelo insistir en que debe ser la idea filosófica la que estructure la obra. Pero ¿es en verdad solo eso? ¿Qué hay de esas emociones que nos invaden irracionalmente ante una canción, una fotografía, un libro? Las emociones, como acto reflejo que nace en la parte más primitiva de nuestro cerebro ¿por qué se activan ante cosas así?
Quizás el arte sea algo mucho más complejo; como los átomos en su momento, o las cuerdas actualmente, aún no hemos llegado a imaginarlo del todo. Y quizás el arte no sea otra cosa que la capacidad de vibrar en la misma frecuencia que aquello que miramos.
Y todo esto no deja de ser pura poesía si, al final…
Solo somos una pequeña y efímera vibración en el universo, en búsqueda de algo que resuene con nosotros.
Giordano Raigada. Madrid 4.4.26