domingo, 1 de marzo de 2026

Patagruel, el arte contemporáneo y otros asuntos








     



    El otro día leía en un post de Instagram una pregunta que me pareció interesante: si se puede ser educador o profesor en la enseñanza del arte sin ser artista. La cuestión me llamó la atención porque una gran mayoría de “artistas fotógrafos”, disciplina en la que me muevo,  sobreviven precisamente gracias a esa labor divulgativa. Yo mismo imparto alguna clase de vez en cuando, aunque lo mío sea más un acto de filantropía que de supervivencia.


Si hemos llegado hasta aquí como sociedad ha sido, en gran medida, por ese afán de compartir, enseñar y ayudar a nuestros semejantes. Podríamos decir que la enseñanza forma parte casi de nuestro ADN. Basta darse una vuelta por YouTube para encontrarse con divulgadores de cualquier disciplina imaginable.


Ahora bien, ¿debería esto conformarnos?


De igual modo que enseñamos técnica, también opinamos, yo el primero, sobre qué es el ARTE. Y esta sí que es una gran pregunta. Personalmente creo que no es tan fácil de responder como a veces parece en redes. He leído infinidad de definiciones dadas desde múltiples disciplinas: artistas, comisarios, galeristas, críticos… pero ninguna me resulta lo suficientemente sólida como para sostenerse con fuerza fuera del ámbito en que fue formulada.


En ese intento personal por comprender qué es el arte, he llegado a la conclusión de lo complicado que resulta establecer una definición desde dentro. No podemos definir un bosque permaneciendo en uno de sus árboles. Desde dentro podemos hablar con precisión de las hojas, de las ramas, de los pájaros que lo habitan o del río que lo atraviesa. Podemos incluso describir con detalle la dirección del agua o la textura de sus piedras. Pero para acotar el bosque, para entender sus dimensiones, su forma, cómo se relaciona consigo mismo y con su entorno, esa mirada, al menos en mi opinión, necesita cierta distancia, y como se suele decir: el árbol no nos deja ver el bosque.


Creo que con el arte sucede algo parecido. Desde dentro podemos opinar, producir, justificar, teorizar. Pero si queremos intentar una definición ontológica, si queremos acercarnos a su esencia, quizá debamos situarnos en un plano ligeramente oblicuo. Y ese plano, inevitablemente, parece ser el de la filosofía.


Vaya por delante que no soy filósofo, y estas líneas no aspiran a sentar cátedra. Si llevamos más de 2.500 (Platón, 427 a. C.-347 a. C) hablando del asunto sin llegar a un acuerdo definitivo, no será precisamente por falta de ideas y pensadores que hemos ido acumulando a lo largo de la historia.


Quiero centrarme, eso sí, en el arte contemporáneo, que es el que me toca de cerca. Las excentricidades y excesos de algunos, pienso, por ejemplo, en Maurizio Cattelan o Piero Manzoni, sumados a un falta de conocimiento de teoría del arte por parte de muchos que opinan, generan una especie de bomba de relojería discursiva. Y eso nos aleja del debate que, en mi opinión, realmente debería ocuparnos, porque también es un error frecuente confundir arte y mercado del arte. Comparten personas, espacios y discursos, sí, pero no son lo mismo. Es como confundir la idea de política con la manera concreta de hacer política de ciertos políticos.


Para Arthur C. Danto el arte se define por su contextualidad y por la idea que lo sostiene; para George Dickie es arte aquello que la comunidad artística reconoce como tal. Pero entonces, ¿dónde quedan el ars y la téchne? ¿Existe realmente una quintaesencia del arte? ¿O debemos aceptar que su definición depende siempre de un marco histórico y sobre todo institucional?


No pretendo ofrecer una respuesta cerrada. Más bien, como en ciertas introducciones filosóficas, me interesa acercar al lector a la pregunta y, si es posible, incomodarlo un poco dentro de ella.


domingo, 22 de febrero de 2026

La diferencia entre calcular y vivir (Sobre fotografía, inteligencia artificial y la experiencia como origen de la imagen)



      Brazo biónico sobre Plaza de Wenceslao. (IA)



    La diferencia entre calcular y vivir


    Sobre fotografía, inteligencia artificial y la experiencia como origen de la imagen



    El pasado día 13 de febrero se publicó esta noticia. 


https://elpais.com/cultura/cine/2026-02-13/la-asociacion-cinematografica-de-ee-uu-denuncia-a-la-empresa-de-ia-que-ha-creado-una-pelea-entre-tom-cruise-y-brad-pitt.html



¿Debemos considerar fotografía una imagen no ha existido realmente, ni total ni parcialmente?


En ese mismo sentido ¿podemos llamarnos fotógrafos por escribir un prompt, por muy bien y técnicamente que esté escrito?


Si obtenemos dos imágenes iguales, una por medio fotográfico y otro por IA ¿cómo justificamos cómo fotógrafos la diferencia? O ¿por qué a la fotografía deberíamos darle más valor? 


¿Cómo relacionamos, comparamos fotográficamente el acto de mirar y decidir nuestro encuadre y disparo en la escena frente al acto de elegir unos prompts?  


La fotografía siempre ha tenido ese componente de “realidad”, esto ha sido.  ¿Qué queda de la fotografía como testimonio?


Y la pregunta que nos preocupa a todos: ¿estamos ante el final de la fotografía?  


Personalmente, no me obsesionan las etiquetas. Ya he pasado por esto durante la irrupción de la fotografía digital frente la analógica. Con esto quiero decir que no tengo ningún problema en que, si a una imagen generada por IA se la quiere llamar fotografía, por mí ya va bien.


Por otro lado, entiendo que todo esto está en un estado embrionario y que, a falta de una bola de cristal, es complicado arriesgarse a dilucidar cuál será el devenir de todo esto.  


También opino que no veo probable que una elimine a la otra, porque aunque la palabra pueda ser la misma, los conceptos y las ideas que hay detrás son muy diferentes. Y es precisamente en esa diferencia ontológica donde reside la competencia y donde nace la dialéctica que definirá su coexistencia.


Puede que en algunos sectores, como el producto, la moda o la publicidad, donde el pragmatismo económico prevalece, se produzca un gran cisma, y la invasión de la IA sea, de hecho, ya ha empezado, prácticamente total.


En cualquier caso, entiendo que oponerse, resistirse o luchar contra ella es una batalla y un tiempo perdidos.


La IA, para muchos fotógrafos, va a suponer algo parecido a lo que Uber o Cabify supusieron para los taxistas.


Las cosas aparecen, las creamos, cuando tenemos una necesidad, y permanecen mientras esa necesidad exista. Y, al igual que los taxistas más inteligentes fueron aquellos que, para sobrevivir, se unieron al enemigo, a los fotógrafos probablemente no nos quedará otro remedio que hacer lo mismo.


Dicho esto, me gustaría defender lo que, en mi opinión, constituye la diferencia fundamental entre la fotografía y las imágenes generadas por IA. Y esa diferencia no está en la estética, ni siquiera en la capacidad de emocionar, sino en su origen.


Solemos decir que una buena fotografía es aquella capaz de transmitir una emoción, y esto tiene bastante sentido. Pero también es cierto que una buena imagen generada por IA puede transmitir una emoción.


Por eso, aquellas fotografías cuyo valor se limite únicamente a su impacto visual o emocional superficial serán, probablemente, las más vulnerables a ser sustituidas.


Porque la emoción, por sí sola, no es patrimonio exclusivo de la fotografía. Toda disciplina artística tiene un componente emocional e irremediablemente la IA, por mucho que nos neguemos, es YA!, ahora, otra forma de producción artística. 


Pero la fotografía no es solo emoción.


Como ya he defendido en muchas ocasiones la fotografía, como el arte, también es capaz de compartir EXPERIENCIAS. Es precisamente en este punto donde creo que la IA lo tiene más difícil.


Para compartir una experiencia, previamente debe haber sido vivida. Debe haber sido sentida, no solo como emoción, como experiencia estética en el sentido filosófico, donde el sentimiento no es solo emoción, sino emoción atravesada por la razón, por la conciencia y por la presencia.


“Experiencia” es una palabra que proviene del latín experientia, que significa prueba, ensayo, tentativa.


La experiencia no es algo pasivo. Es el conocimiento que obtenemos al probar el mundo, al atravesarlo, al vivirlo. Véanse, como ejemplo, los trabajos de Walker Evans o Cristina García Rodero.


Son fotografías donde el fotógrafo necesariamente debe estar allí. Debe experimentar, probar, vivir, para poder compartir.


Y si todo esto no fuera suficiente para diferenciar qué es o qué no es fotografía, además hay que añadir otra dimensión más: el instante decisivo. Y no me refiero solo al de Cartier-Bresson, sino al hecho de que el acto fotográfico es, en sí mismo, una toma constante de decisiones: estar o no estar, mirar o no mirar, encuadrar o no encuadrar, disparar o no disparar. Cada fotografía es la huella de esa cadena de decisiones tomadas en un momento y en un lugar concretos.


La IA puede generar imágenes visualmente indistinguibles de una fotografía. Pero no puede (estar) haber estado allí. No puede experimentar el mundo. No puede haber tomado decisiones desde la consciencia y la presencia.


Y esta es, para mí, la gran diferencia esencial.


La fotografía no es solo una imagen.


Es la consecuencia de una experiencia vivida y que convertimos en miradas.


Por todas estas razones, creo que la IA podrá generar imágenes extraordinarias, incluso indistinguibles de una fotografía, pero difícilmente podrá compartir aquello que constituye la esencia más profunda de la fotografía: su condición de experiencia vivida.