domingo, 28 de diciembre de 2025

La Fuerza de las Ideas y el Arte (Pantagruel y el Arjé)

 


    

        Hablar de personas “ajenas al arte” es algo incongruente  y daría para un largo razonamiento, que no es el que me ocupa hoy. Con este calificativo quiero referirme a aquellas personas que mostrando un nulo o escaso interés por esta dimensión esencialmente humana, se escandalizan o se animan a opinar y criticar sobre alguna obra de arte, cuando en ausencia de una complejidad o destreza técnica, banalizan con: “esto lo podría hacer un niño”, obviando los distintos niveles en los que tienen de acceso las obras de arte.


      No quiero ser exhaustivo y tampoco es el momento de argumentar las diferencias que separan al artesano del artista y a su obra de artesanía con la obra de arte, aunque sería fundamental para el fondo de esta cuestión. 


        Quiero hacer notar de forma previa, dos conceptos que habitualmente solemos confundir, “arte” y “mercado de arte”, que aun pudiendo parecer lo mismo cuando comparten personas, discursos y espacios, realmente no lo son. El primero sigue una lógica de expresión y pensamiento, y el segundo de intercambio, de oferta y demanda. 


        También puntualizar que hablo desde la IDEA de arte actual, presente, contemporáneo; sabiendo que el arte no es algo estático, esta IDEA ha ido, cambiando, evolucionado, transformándose a lo largo de la historia. 


    Nos hacía ver Ortega y Gasset que el arte, cuando es grande, no solo emociona, también se piensa. A lo largo de la historia todas las grandes civilizaciones han coincidido en utilizar los símbolos, imágenes y metáforas, como la forma más eficaz de trasmitir una IDEA, esto reafirma el planteamiento que existen formas mucho más eficaces que el “discurso literal” para trasmitir un concepto. El arte, en su forma más elevada, ha sido siempre un lenguaje privilegiado, atemporal y universal, para trasmitir esas IDEAS de forma bella y poética, de ahí nace su fuerza.







 



        Pongamos un símil para aclarar este asunto. Si yo soy del “atléti” encontrándome solo, en un bar remoto en cualquier rincón perdido del mundo y de repente viese entrar a alguien con una camiseta del atléti; no nos haría falta hablar, nos une algo intangible, pero muy poderoso, hay una conexión instantánea que va más allá de lo verbal, nos hermana la fuerza simbólica de esa camiseta, nos une la fuerza de la IDEA que representa. Esta es, en mi opinión, lo que representa la auténtica  IDEA de arte, un vínculo silencioso, pero muy profundo, nacido de una IDEA que compartimos. 




    Veamos por ejemplo estos dos botijos:








    ¿Qué los diferencia? ¿Por qué la diferencia en su valor económico? 



    El primero es un botijo común, una obra artesanal, fabricada para una utilidad específica. El segundo no es un botijo, es una obra de arte (arte aplicada) y se fabrica para representar una IDEA, como decía Ortega: “para ser pensado”. 


    El primero se compra para llenarlo de agua y beber de él cuando se requiera. El segundo se adquiere como elemento ornamental y/o decorativo, pero, y aquí reside el quid de la cuestión, sobre todo porque representa una IDEA que conecta con un lugar, una historia. Una persona lo instala es su casa no para beber de él, sino como manifiesto de esa IDEA que comparte y le representa. 


    La jerarquía, el interés, la categoría  del segundo botijo no está en su valor como objeto, en la calidad de su barro, o sus colores; su verdadero valor reside en la fuerza de su IDEA y su capacidad para trasmitirla y su capacidad de compartir esa experiencia. 


    Las IDEAS cuando son representadas de una forma bella y poética a través del arte, adquieren una fuerza capaz de traspasar fronteras y culturas y como decía la película “atravesar océanos de tiempo.”







Giordano Raigada. (Fotógrafo de las Ideas)





lunes, 20 de octubre de 2025

Pantagruel y el Hombre que quería poseer una piedra



El hombre que quería poseer una piedra


¿Con Israel o con Palestina?


En esta continua polarización de la opinión pública, parece darse por sentado que, si estás a favor de uno, debes estar en contra del otro, y viceversa. Este modo de pensar, sin matices, se ha extendido a casi todos los debates de nuestra sociedad: necesitamos enemigos para sentirnos del lado correcto de la historia.


Pero en ese afán de señalar quiénes son los buenos y quiénes los malos, a menudo olvidamos reflexionar sobre algo más profundo.


El universo tiene unos 13.500 millones de años. La Tierra, tal como la conocemos, cuenta con unos 4.500 millones.

Los hombres, esta frágil especie que escribe, recuerda y pelea, existimos desde hace apenas 200.000 años. Y cada uno de nosotros, en promedio, vive unos 80. Dicen los astrónomos que la Tierra seguirá siendo habitable, al menos, durante otros mil millones de años. Si esto es así, nuestro paso por ella no es más que una fútil, efímera y fugaz vibración, en mitad de este inmenso cosmos.


Por eso, resulta paradójico, y un tanto absurdo, presenciar guerras por un trozo de terreno como las que vivimos. Nos hemos olvidado de que no somos los dueños de nada: apenas somos transeúntes diminutos en una roca suspendida en el espacio.


Una vida efímera de ochenta años cree poder poseer un lugar, cuando las piedras que conforman ese territorio ya estaban aquí millones de años antes, y seguirán aquí millones de años después. Nuestra voluntad de tener nos condena a intentar poseer lo que, por su propia naturaleza, no puede ser poseído.


En la literatura oriental se cuenta la historia de un hombre que creía poseer una piedra solo porque la tenía en su mano. Un sabio lo corrigió:


—Nada puede ser poseído verdaderamente, le dijo, porque cuando creemos poseer algo, nos convertimos en sus esclavos.

domingo, 17 de agosto de 2025

Pantagruel y el arjé








Soy autónomo en España, eso significa tener menos vacaciones que el reloj de la puesta sol. Hablar de vacaciones es hablar de intentar desconectar siete días; uno, dos,  tres, cuatro, cinco, seis y ¡siete! Solamente siete, pero desconectar. 


Para mí es necesario desconectar en el sentido más amplio de la palabra. Desconectar de rutinas, horarios, pero sobre todo de la gente.


Cuando hablo de gente, lógicamente no me refiero a los nuestros, a los que tenemos a nuestro lado, me refiero a esa gente que ni nos va ni nos viene, de aquellos que sabes que compartes un territorio con ellos, pero que son ajenos por múltiples  circunstancias. 


Desconectar significa eso, cortar todo tipo de conexión que por cualquier motivo se pudiera establecer. 


Pues parece ser que no; que no es posible; que en este mundo predomina la gente cuya única meta en la vida es meterse en la vida de los demás para decirles cómo deben vivirla. 


Por un lado, están los cerdos sin género ni edad, tiran basura, escupen, mean y cagan como si la vía pública fuera su pocilga personal.


Pero los que agotan mi paciencia son esos individuos que creen que el mundo es suyo y que el resto debemos sincronizar nuestras vidas a su ritmo vital. Individuos que además se permiten y creen con derecho a amonestarte y corregirte, diciéndote lo que está bien o está mal, como máximos adalides de la ética y moral, con esto de verdad que no puedo. 


El pasado sábado en la mañana, en mis brevísimas vacaciones, a esas horas en las que solo salen los “runinngers” y los paseadores de perros, andaba yo en mi memento ZEN en un parquecito del lugar donde me encontraban paseando con mis perros. Vaya por delante que tengo tres perros y soy de aquellos que recoge las heces de sus perros en bolsitas de plástico y que sale con unas botellas de agua para limpiar sus orines. Pues como decía, me encontraba solo, plácidamente, desconectado del mundo en este lugar, cuando pasó una señora sexagenaria llamándome la atención por estar en este parque vacío, y con los perros sueltos, qué estaba prohibido y que si tal y que si cual “¿No ha visto el cartel que hay? Me increpó de malas maneras. Le expliqué que efectivamente no había visto el cartel y que desconocía que no pudiera estar en este parque vacío con mis perros a esas horas donde no había un alma excepto ella. No sé muy bien sí fue mi sumisión ante su regañina o insatisfacción ante mi excusa, pero a sexagenaria decidió subir un peldaño en el tono su amonestación, y le pedí amablemente que dejara de regañarme y de dirigirse a mí. Esto parece que le dio vuelos para llenarse de razón por lo que prosiguió con su amonestación.



Creo en la tolerancia y que debemos ser tolerantes, pero como en el paradigma de Karl Popper, no me puedo permitir ser tolerante con los intolerantes. 


Hannah Arendt explicó en La banalidad del mal que quien niega a otros un derecho pierde el suyo propio. Vale, lo suyo eran solo perros sueltos y no el Tercer Reich, pero ruego me entendáis, aunque la escala cambia, la lógica permanece.



Así que parafraseando al mítico Fernan Gómez la mandé directamente a la mierda, aconsejadla que  usar un bozal para caminar por el mundo, y así contribuir a un mundo más habitable.


¡Oye! Pues parece que mi consejo no le sentó bien porque empozó a rebuznar con mayor inquina.



A la mañana siguiente volví a pasar por ese parque y quise prestar atención en aquel cartel que no había visto, confirmando lo dicho por Kierkegaard. “La verdad es la subjetividad”.

















sábado, 26 de julio de 2025

Pantagruel "Nihil humani a me alineum puto"

 



   Sigo intentando comprender qué es el arte. En esta búsqueda, no deja de sorprenderme el gran número de pensadores que a lo largo de la historia ya han reflexionado sobre ello:


    "Surge, por tanto, la pregunta sobre cuál es, pues, el contenido del arte ... ... ... La tarea y el fin del arte consiste en representar ante nuestro sentido, nuestro sentimiento e inspiración todo lo que tiene que lugar en el espíritu humano  ... ... ... Su fin supone, por tanto, en despertar y avivar los sentimientos, inclinaciones y pasiones latentes de toda índole, colmar el corazón y dejar que los hombres cultos o incultos, sienta a través suyo todo lo que el ánimo humano puede albergar, experimentar y producir en lo más íntimo de sí mismo, todo lo que puede conmover y agitar el pecho humano en sus profundidades y múltiples posibilidades y aspectos, y entregarse para su goce al sentimiento y a la intuición de lo que en su pensamiento y en la idea tiene el espíritu que alcanzar de esencial y elevado, el esplendor de lo noble, eterno y verdadero; así mismo en hacer concebibles la desgracia y la miseria, el mal y el crimen, en dar a conocer íntimamente todo lo horrible y atroz, así como too placer y felicidad, y finalmente permitirle a la fantasía entregarse a los ociosos juegos de la imaginación así como abandonarse a la seductora magia de intuiciones y sentimientos sensualmente atrayentes. Por una parte, el arte debe captar esta omnilateral riqueza del contenido, a fin de completar la experiencia natural de nuestro ser-ahí exterior, y, por otra, suscitar en general aquellas pasiones, de tal modo que las experiencias de la vida no nos dejen impasibles y podamos ahora lograr la receptividad para todos los fenómenos."


                                                                                                            G.W.F. Hegel


    ¿No es una maravilla?







domingo, 4 de mayo de 2025

Pantagruel y el Arjé

 




    Recientemente, apareció la palabra “fuera” pintada en la puerta de una galería de arte. Me sorprendió que alguien pueda siquiera pensar que una galería deba irse de ningún lugar, especialmente cuando muchas de ellas se ubican en barrios modestos y humildes. Reflexionando sobre esto, llegué a la conclusión que solo desde el desconocimiento profundo del concepto arte y del papel fundamental que desempeña se puede sostener una idea semejante. Ante este tipo de consignas, queda claro que aún hay una enorme labor pedagógica por hacer.


     Seguramente muchos imaginan que una galería es simplemente un lugar donde se comercia con obras ajenas para satisfacer los caprichos extravagantes de opulentos clientes y tal vez, en ciertos casos, sea así; quizás las galerías más elitistas se acercan a ese estereotipo. Pero yo quiero hablar hoy de todas las otras: de las pequeñas galerías que no salen en televisión por pegar un plátano en la pared o por exponer globos inflados con el aliento del artista de turno. Hablo de aquellas que arriesgan cada día su credibilidad y sus dineros por algo en lo que creen, sin que eso signifique necesariamente obtener pingües beneficios. Quiero acordarme de aquellas que cada día tienen la necesidad y obligación de reinventarse para mantenerse en este mercado tan delicado y frágil. 


La realidad es menos pragmática, pero sin duda, mucho más interesante. En mi experiencia personal con ellas, he podido descubrir el enorme trabajo que realizan, un trabajo que en muchas ocasiones queda oculto al ojo más profano, eclipsado normalmente por la obra del artista. Detrás de cada exposición hay un gran trabajo, esfuerzo y dedicación, yo diría que casi en un puro acto de fe. Una devoción por el arte que en su menos veces se ve recompensada con una venta, porque sí, el galerista también necesita comer, pagar el alquiler, la luz y el agua… como cualquier hijo de vecino.


No debemos olvidar que tener una galería en el barrio es como tener la suerte de contar con un museo al lado de casa. Cuando alguien monta una panadería, intercambia panes por dinero, en ese intercambio se crea un equilibrio y a ese equilibrio lo llamamos mercado. Pero en una galería se intercambian ideas a través del arte, y en ese intercambio de ideas con las que todos nos enriquecemos, a ese enriquecimiento lo llamamos cultura.


Desde tiempos antiguos, el arte ha sido un elemento esencial y diferenciador de nuestra especie. El arte ha coadyuvado a transformar el mundo y también ha cambiado su forma de materializarse y su modo de exhibirse y exponerse a través del tiempo. En ese proceso, las galerías han jugado un papel clave: han contribuido a dar forma, sentido y difusión a la obra, porque el arte necesita encarnarse en algo, y las galerías son uno de los espacios donde eso sucede con mayor claridad. Tal vez por eso nosotros los artistas, deberíamos participar más activamente en esta labor didáctica.


        Hay que saber, aprender y enseñar que las galerías son parte de esa composición de la que nos habla Markus Gabriel en “el poder del arte” y por ende, la galería, como coartista de ese “arte artístico” del que nos habla Ortega y Gasset en su “deshumanización del arte”, como colaborador necesario para mostrar esos matices de aquel cristal en la ventana  frente al jardín del que nos habla Ortega.


Son estas pequeñas galerías las que funcionan como espacios vivos donde se crean nuevos discursos, fuera de los canales oficiales. Es cierto que toda galería selecciona, excluye o enmarca según su criterio o su línea estética. Pero precisamente por eso es necesaria una oferta diversa y abundante, porque es de ahí desde donde debe nacer nuestro espíritu crítico.


       Por todas estas cuestiones he decidido creer que al autor de este grafiti, en su prisa por terminar el grafiti  olvidó pintar la Z que sin duda trasmite una idea mucho más poética de este asunto en estos tiempos inciertos.  

domingo, 9 de febrero de 2025

Pantagruel (la paradója del mentiroso)



 

      La paradoja del mentiroso plantea, entre otras muchas cosas, la problemática para entender la verdad. Creemos saber algo, pero la verdad siempre es subjetiva. Depende siempre del punto de vista. Se puede conocer la verdad desde un planteamiento erróneo, como se pueden tener planteamientos certeros que no lleven a una conclusión falsa. 


El dilema está servido...

domingo, 6 de octubre de 2024

Pantagruel y el terraplanismo

     Esta semana ha sido muy prolífica en cuanto a tonterías publicadas por diversos medios. Por un lado se ha creado una corriente de opinión donde se exige a España pedir perdón a México por los agravios históricos acaecidos durante el siglo XIV, y por otro lado, que España debe abrir sus fronteras sin ningún tipo de control y aceptar a todos los menores de edad, sean los que sean. Las que no se cogen ni con pinzas obvio mencionarlas. Las refutaciones a estos comentarios lo dejo en manos de personas más expertas en estos menesteres, que para eso están.

     La prueba empírica e irrefutable de que la tierra es redonda y no plana, como muchos afirman, se ratifica en el número de tontos por metro cuadrado que podemos encontrar en ella; ciertamente no cabe un tonto más. Si la tierra fuese plana, el mundo estaría libre de imbéciles porque todos ellos habrían caído por sus lados hace tiempo. 


 

sábado, 7 de septiembre de 2024

Pantagruel y las opiniones.






 

    No tengo claro por qué el algoritmo de IG se empeña en que tengo que ver estos vídeos o los posts del chico este, pero me los mete por todos lados, sí por ahí también.  Ya he tenido varios conatos de comentario, pero me resistía entrar en el juego de su algoritmo. No me queda claro si este tipo de comentarios son una provocación gratuita en el ánimo de buscar precisamente que calentar al algoritmo en búsqueda de difusión, lo que sería perdonable o realmente cree todas estas cosas que dice, lo que sería muy cuestionable.


    La falta de respeto generalizada que muestra hacia otros compañeros, así como los comentarios banales, desacreditan sus  opiniones.


    Me permitiré comentar que hay mucho escrito sobre el “arte” desde la Grecia clásica hasta nuestros días, la historia del pensamiento al respecto es inconmensurable, más aún desde la aparición de la “estética” como rama de la filosofía en el siglo XVIII de la mano del filoso Baungartem. A partir de ahí Kant, Hegel, y la mayoría de los filósofos, sobre todo los más importantes han escrito sobre ello y el que más y el que menos ha opinado sobre “su filosofía del arte”.  Así que cuando alguien acude a la manida frase “en cuanto a gustos no hay nada escrito” hay que decir que sí, que sí que hay escrito, lo hay y mucho, lo que pasa es que normalmente la gente no lee.


    Es a través de los posos de ese pensamiento y del idealismo alemán de donde surge el “romanticismo alemán” y es este el que nos ha dejado como legado esta pobreza intelectual, donde “lo sentido” por el artista se hace palabra divina  incuestionable.  


    Preguntaba el filósofo Gustavo Bueno “¿y no le da a usted vergüenza llamarse artista?” Esto no lo hacía con la intención de insultar o faltar al respeto, simplemente cuestionaba la idea/concepto de arte; decir que uno es artista presupone que conoce y sabe cuál es esa idea o concepto. 


    Hace 15 o 20 años el artista, en mi caso, el fotógrafo, publicaba en su página web sus trabajos, en el ánimo de que alguien se interesase por él  y tuviese acceso a poder ver de forma global lo que hacías. Una web, te permitía en el mejor de los casos, presentar tu obra de forma organizada, razonada, sosegada y “aseada”.  Cuando  tenías necesidad de expresar tu opinión, lo hacías a través de blogs de este estilo, donde vomitabas aquello que te parecía oportuno y libremente había gente como tú, que si le apetecía, te leía. 


    Pero llegaron las rr.ss. donde se creó la obligación de tener que subir contenido diario para que el algoritmo diese prioridad de visualización  a tu trabajo en el mejor de los casos, o para que los demás no pensasen que te habías muerto si tras 15 días no habías publicado nada, en el peor de ellos. Hay que publicar y publicar y el algoritmo te ayudará a meter por los ojos, o por otros orificios, quién sabe, tu trabajo a todo dios y a todo demonio; trabajos o post que no te gustan o simplemente no sientes ningún interés por ellos. 


    Oí hablar un día a un filósofo que decía que cada uno de nosotros somos distintas personas al cabo del día, que nos vemos obligados a ser varias personas en el transcurso de nuestro día a día. Durante unas horas se es la persona profesional que trabaja en el trabajo que le da de comer, en otros momentos es la persona amiga que se relaciona con sus amigos, otras la persona familiar que está con sus padres, pareja o hijos, y en otros momentos se es  la persona artista, si es que está no la compatibilizas con la profesional. Cada una de esas personas es una persona diferente, no puedes ser la misma persona cuando estás en tu trabajo que cuando estás con tus amigos o familiares, y por una mera cuestión de salud mental, debes ser capaz de diferenciar y separar a esa persona y así poder descansar, tú de ti mismo y los demás de ti.  


    Según este razonamiento, entiendo que uno puede ser artista, y debe serlo cuando desarrolla su trabajo u obra. Seguramente este trabajo puede ser muy excéntrico, bohemio, loco, etc., y eso está muy bien. Pero uno no tiene la obligación de ser artista 24 horas al día para demostrar a aquellos que tiene a 500 km a la redonda hacer saber  que TÚ eres EL ARTISTA, me parece agotador para el artista y para todos lo que podamos estar a su lado. Esto hace que habitualmente llenemos nuestros espacios muchas veces con “sin sentidos” que nada tiene que ver con nuestro trabajo. La capacidad creativa de un artista tiene sus límites y hay quienes piensan que hay que ir “artisteando” veinticuatro horas al día, para que cuando salgas en cualquier foto, siempre seas TÚ EL ARTISTA. Cómo digo, ¡ agotador! 


    Pero como decía antes, con la llegada de las rr.ss. parece que más de uno se ha desnortado y en esa vorágine de publicar y publicar, publica sus mierdas con la autoridad que le da ser artista. Esto hace que nos encontramos con casos como los que os comparto, en el que puedo llegar a entender y respetar su obra, pero de ninguna de las maneras lo puedo hacer con sus opiniones y/o  publicaciones. 


    Siempre he creído en la sabiduría del refranero popular y hay uno que dice “zapatero a tus zapatos” 


    Las opiniones son como los culos, cada cual tiene el suyo y no deja de sorprenderme cómo la opinión de cualquier artista, curador o comisario, adquiere un rango extraordinario, a modo de nuevo Midas que convierten en oro todo aquello que sale por su boca, cuando todos conocemos, como dice la canción, que nos volvemos vulgares al bajarnos de cada escenario. 


    En algún tiempo no muy lejano perdimos a nuestros dioses, en ellos depositábamos nuestra fe y a ellos acudíamos cuando necesitábamos algo, pero no sabíamos cómo conseguirlo. Hay quienes afirman que nos volvimos laicos, pero parece ser que lo único que hicimos fue cambiar unas deidades por otras.

    Decía el filósofo José Antonio Marina que “no todas las opiniones  son igual de respetables… la respetabilidad de las opiniones depende del contenido de las mismas”. 

    Cada cual tiene derecho a expresar su opinión y las RR. SS. nos han brindado un espacio para poder hacerlo, pero olvidamos  que si una opinión no está argumentada o razonada, es un vómito más… salga de donde salga. Hemos denostado el espíritu crítico que, sin conocimiento, es pura charlatanería. 



    Un cordial saludo.